Recordaba ayer un capítulo de
Downtown Abbey, esa maravillosa serie que cuenta la vida de una familia inglesa de
rancio abolengo, el Conde Grantham y su familia, lo que me
ha llevado a reflexionar sobre lo mucho que han evolucionado las cosas para
bien.
La serie comienza con el
hundimiento del Titanic, tragedia que salpica a la familia Crawley, ya que el
patriarca Sir Robert, que solo tiene tres hijas y por tanto no pueden heredar,
se lamenta de la muerte de su heredero en el hundimiento. Esto supone un duro
revés para los intereses de la familia, que había dispuesto ya el matrimonio de la mayor de sus hijas, Mary con el heredero, de esta forma la magnífica propiedad familiar
y la fortuna de Cora, la esposa del conde, permanecerían en la familia. Sin embargo,
la muerte del futuro heredero da al traste con estos planes, ya que el
siguiente en la lista es un primo lejano, Mathew Crawley, abogado de profesión,
que además es hijo de un eminente médico, es decir, gente trabajadora que ha
conseguido con el sudor de su frente cierta posición social, frente a quienes
la han obtenido por gracia divina. Esto
provoca cierta confrontación entre unos y otros, ya que los Crawley de Downtown ven como un insulto que el heredero sea un joven trabajador que desconoce
las normas de etiqueta, mientras que para este esas normas son obsoletas y jura
y perjura que no le cambiarán.
En fin, podría contaros mucho
más, pero es mejor que veáis la serie, no tiene desperdicio, pues muestra a la
perfección las diferencias sociales existentes en la sociedad inglesa de la
época.
Era un hecho que las mujeres no
podían heredar, algo que también se observa en libros como Sentido y
Sensibilidad de Jane Austen, donde las protagonistas son literalmente
expulsadas de su casa por el heredero varón, que no tiene el más mínimo reparo
en dejar a su madrastra y a sus hermanastras en la calle. Además, las
diferencias sociales también alcanzan a los miembros del servicio, así,
mientras Anna y Gwen tienen una relación casi cercana con los miembros de la
familia, la pobre Daisy, que ocupa el escalón más bajo en este lugar, no puede
ni ser vista por los miembros de la familia. Los protocolos son tan serios, que una simple doncella,
Anna y Gwen lo son, no puede abrir la puerta principal, privilegio reservado
para el mayordomo.
Uno de los episodios más duros
desde mi punto de vista, es cuando descubren entre las pertenencias de Gwen una
máquina de escribir, lo que provoca el desconcierto entre sus compañeros de
fatigas, ¿para qué querría ella semejante artilugio? La pobre muchacha se ve
obligada a dar explicaciones sobre algo que a ninguno de ellos le compete. Tan
solo quiere llegar a ser secretaria, no es que no esté contenta al servicio de
los Crawley, simplemente no es lo que ella quiere, lo que choca con el
fuerte clasismo de la época, donde cada quien tiene un lugar previamente
asignado y no se le permite intentar escapar, por esta razón Gwen es tratada
como una desagradecida y una ilusa. No es cuento más, porque os estropearía el
capítulo, Gwen simplemente siente la necesidad de volar más alto y alguien le
recuerda que ella es capaz de lograr todo lo que se proponga.
El capítulo termina con una
imagen deliciosa, Sybil la hermana pequeña, que es sufragista y feminista,
recibe un nuevo vestido, algo que celebra con gran alegría. Así, el capítulo
termina con la familia esperando ansiosa, todos vestidos con sus mejores galas, la llegada de la joven con su nuevo atuendo. Cuando por fin aparece todos se
quedan con la boca abierta, ¿sabéis por qué? …pues porque luce unos bonitos
pantalones. La escena no puede ser más bonita, la joven resplandece con su
nuevo atuendo, que además le ha servido para liberarse de la tiranía del corsé,
¿quién lo inventaría?
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| Radiante con su nuevo atuendo, ¿no os parece? |
En fin, mucho han cambiado las
cosas desde entonces para mejor, pero aun nos queda mucho por avanzar y lograr.
Las mujeres aun sufren discriminación en muchos lugares del mundo, niñas que
son forzadas al matrimonio con hombres mucho mayores que ellas. No se les
permite estudiar, y muchas son prostituidas a la fuerza en lugares no tan
lejanos. La lucha no debe decaer, pero
no deja de ser bonito echar la vista atrás a través de una serie tan bien
realizada como esta y ver lo mucho que hemos cambiado, ¿verdad?
Y para despedirme os dejo con una canción de Irving Berlin, publicada en 1911, interpretada por las Andrew Sisters, espero que os guste.

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