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martes, 4 de marzo de 2014

Recorriendo Londres

Estos días han estado un poco revueltos en lo que al tiempo se refiere, lloviendo sin parar con un mar embravecido que ha causado bastantes destrozos, y yo que había acabado agotada de mis exámenes de enero y febrero sentía que necesitaba escapar unos días a algún lugar. Como buena asturiana no me dan miedo ni el viento ni la lluvia, así que decidí ir a Londres, ya que hacía mucho tiempo que no me paseaba por mi segunda casa.

El primer día fue un poco caótico, no por un retraso en el avión, sino por lo mucho que ha cambiado el aeropuerto de Stanted, no me lo podía creer. Y luego cuando llego a la City, que yo creía conocer de memoria, me encuentro con edificios nuevos por doquier, así que me costó llegar al lugar de trabajo de mi hermana, al que tantas veces fui a esperarla. Pero, pasados esos momentos de confusión iniciales, mis vacaciones prometían, y yo no podía estar más ansiosa por comenzarlas.
Visitar Londres es una experiencia totalmente distinta para mí, allí no me siento como una turista más, siento que estoy en casa, porque como ya he dicho en ese lugar descubrí quien era y lo que quería hacer con mi vida. Así que me encantó recorrer de nuevo Saint James y Green Park, dos lugares en los que siempre he caminado olvidando que estaba en una gran ciudad, disfrutando de la paz y tranquilidad que ofrecen.
Otro lugar en el que me gusta perderme es la National Gallery, que tantas joyas de la pintura alberga. Uno de los cuadros que más me gustan es la Venus del Espejo, de Velásquez, uno de los cuadros más hermosos de este pintor, y que como dice mi buen amigo Javier Almuzara, debería estar en nuestro país. También paseé por la Torre de Londres y el Palacio de Kensington, donde pude admirar las joyas de la corona y hasta el vestido de novia de la reina Victoria, a la que muchos llaman la “abuela de Europa”, ya que todas las casas reales descienden de esta gran monarca. Yo no soy especialmente monárquica, pero si hay algo que me gusta de la reina Victoria es la historia de amor que vivió con el príncipe Alberto. Su matrimonio fue feliz durante algo más de veinte años, y a su muerte la reina afirmó que para ella la felicidad ya no existía. Así mandó construir un impresionante monumento dedicado a la memoria de su amado muy cerca del Royal Albert Hall. Asimismo, la huella que el príncipe consorte dejó en las artes, a las que dio un gran impulso es más que evidente. Pero si hay algo  hermoso en el palacio de Kensington son sus jardines, de los que pude disfrutar en un sábado casi primaveral, una experiencia que os recomiendo a todos los que tengáis pensado visitar Londres.
Los jardines del palacio de Kensington son muy bellos


Y una de las cosas que más me gustan ya sabéis que son los libros, así que imaginad que sorpresa me llevé cuando vi esta maravillosa y original biblioteca en Fairlop, ¿qué os parece? 
Me paseé por Waterstones, y allí me compré un par de libros que seguro que me serán de gran utilidad en el futuro, A Vindication of the Rights of the Woman, de Mary Wollstonecraft, y Life and Death de Mary Wollstonecraft, de Claire Tomalin, que pienso leer en profundidad, ya que he pensado realizar mi trabajo fin de carrera sobre esta gran mujer inglesa. Algún día le dedicaré una entrada en este blog.

Y mientras disfrutaba de mis vacaciones, la UNED me enviaba los resultados de mis exámenes por sms. Puedo decir que he aprobado todo, me siento muy orgullosa por lo que estoy logrando, y espero que desde alguna estrella en el firmamento mis abuelos se sientan también orgullosos de mí. Parece que poco a poco ya estoy en el camino correcto, al menos el esfuerzo va dando resultados, merece la pena, ¿verdad? 

Y hoy pensaba en la pieza musical con la que finalizar esta entrada, y se me ha ocurrido que lo mejor era compartir con todos vosotros alguna obra de un compositor inglés, y me he decantado por William Byrd, un compositor de la época de Elizabeht I, que espero que os guste.


jueves, 11 de octubre de 2012

Y el otoño llega a nuestras vidas



Hoy en Gijón nos hemos levantado con un poco de niebla, parece que Lorenzo por fin nos ha abandonado, y que el otoño se está instalando definitivamente en nuestras vidas. En esta época del año no sé por qué, pero siempre me invade  la nostalgia, no lo puedo evitar, será el caer de las hojas, o la llegada del frío, pero el caso es que los recuerdos me invaden y a veces no puedo evitar sentirme un poco tristona.

Recuerdo con especial cariño los días de otoño de mi época Londinense, las calles llenas de hojas, casi parecía una postal, tengo que reconocer que Londres es especialmente bonito en esta época del año.

Solía madrugar mucho para ir a trabajar, a veces salía de casa a las 6 de la mañana, llegaba muy pronto, así que me daba tiempo a desayunar en la cocina con mi amigo Jose, un colombiano con el que compartía mi afición por los  libros. Mientras él curraba afanosamente, yo le contaba el último que había leído, o la última película que había visto con mi hermana. Luego llegaba Andy, el jefe de cocina, que al verme salía corriendo a prepararse un café, si no era yo la que estaba en ese turno la máquina ni siquiera estaba conectada, mis compañeros no eran tan madrugadores como yo.
También me acuerdo de muchas otras personas con las que compartí muchas horas de trabajo, pero también de amistad en aquel café en Accenture. Yo me llevaba especialmente bien con todo el mundo, quizá por lo parlanchina que soy, los clientes se solían sorprender porque me sabía de memoria que tipo de café o té quería cada uno, tengo una memoria de elefante la verdad. Nunca tuve ningún problema con nadie, como dicen los ingleses soy una chica “easy going”, soy fácil de tratar, no soy caprichosa y tengo buen corazón, no juzgo a nadie y siempre estoy dispuesta  a ayudar a quien lo necesite.

Supongo que lo que más hecho de menos es trabajar, quizá aquel no fue el trabajo de mi vida, pero me permitía ser independiente, me sentía valorada y querida por todo el mundo, y sobre todo me podía permitir comprarme algún que otro trapito, no como ahora. Madrugar es algo que reconozco que me gusta, levantarme a las 7 de la mañana, incluso más temprano es algo que hecho de menos, aunque a alguno le parezca una locura.

Estos días echo mucho de menos a todas esas personas que formaron parte de mi vida, hasta a Paul, que me dio calabazas, cachis…¡él se lo pierde!. Gente maravillosa que me trataban de igual a igual, era como una gran familia donde todos nos llevábamos bien, daba igual que fueran clientes que compañeros, de todos guardo gratos recuerdos. Me gustaría saber qué fue de todos ellos, espero que estén bien.

Hoy la vida me está poniendo a prueba y me pregunto si saldré de ésta con buen pie, supongo que sí, ganas de pasar el bache no me faltan, así que me aferro a la esperanza de que así será. Además no es cierto eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, yo estoy segura que lo mejor de mi vida aún está por llegar, al menos eso espero.

Pero no puedo evitar sentir nostalgia de aquellos tiempos, que sí que fueron buenos tiempos, pero pasaron, y ahora toca lo que toca y yo no pienso rendir, y vosotros tampoco, saldremos adelante, ya veréis.

Y como hoy me siento nostálgica la canción que más escucha es Memory del musical Cats, una bellísima pieza en la que Grisabella, recuerda con tristeza sus tiempos al sol cuando era joven y guapa. Lea Salonga es una estupenda cantante de musicales, su voz es dulce, y sin embargo ella es capaz de expresar la tristeza y la amargura que la protagonista siente en lo más profundo de su ser, una gran interpretación, seguro que os gusta.


lunes, 20 de agosto de 2012

En recuerdo de Samia

 Hoy mientras leía las noticias reparé en una realmente triste, la atleta somalí Samia Yusuf Omar, que representó a su país en los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008, falleció el pasado mes de junio en una patera.

Al leerlo me quedé absolutamente desolada, Samia era aquella atleta que nos conmovió a todos en los 200 metros, llegó la última y con 10 segundos de retraso, pero nos dio a todos una lección de coraje, esfuerzo y entereza. Sin duda si alguien se mereció una medalla aquel día fue ella, por no rendirse y estar ahí pese a las adversidades, pero ya sabemos que en unos Juegos Olímpicos no se entregan este tipo de medallas.

La vuelta a su  país después de haber vivido el sueño olímpico debió ser dura, ya sabemos que los sueños, sueños son, así que al volver a su país Samia se encontró sin ayuda y apoyos en un país que ha sufrido numerables conflictos a lo largo de su historia. Su propio padre falleció durante uno de estos crueles conflictos, así que os podréis imaginar lo dramática que tuvo que ser su existencia.

Volver a su país significó volver a la pobreza, a tener que entrenar de nuevo sin apoyos económicos ni becas, en un estadio destartalado y casi en ruinas, así que Samia se embarcó en Libia en una patera para intentar llegar a Italia, donde pensaba recabar fondos. No lo logró, su vida se truncó para siempre en las aguas del mar Mediterráneo, así que el sueño olímpico se quedó en eso, un sueño que pasó muy rápido y dio paso a la tragedia y al dolor de su pérdida.

No se trata de un futbolista famoso, ni de un cantante de pop, así que no veremos velas ni tarjetas en su tumba, ni hordas de fans histéricos llorando por su ídolo, por eso yo le dedico estas palabras, que espero sirvan para que la historia no se repita.

En su memoria me gustaría terminar este post con un fragmento del Réquiem de Mozart, Lacrimosa, una hermosa pieza con la que me gustaría honrar su memoria.

Descanse en paz