Leyendo las noticias cada mañana nos encontramos a veces con
algunas que si bien parecen positivas a primera vista, tal vez no lo sean tanto
cuando las analizamos profundamente. Algo así es lo que ocurre con el decreto
para liberalizar los horarios comerciales y de rebajas, algo así a primera
vista parece positivo, piensas más puestos de trabajo, ya, ¿pero qué hay de los
pequeños comercios?, ¿podrán sobrevivir?.
La respuesta parece ser no, muchas de las tiendas de nuestro
barrio están regentadas por autónomos que echan horas y horas para poder al
menos sobrevivir, algunos incluso renuncian a las vacaciones, porque como decía
una hace poco tal y como están las cosas….En fin, parece claro que ellos no
podrán abrir todos los días, a menos que sólo se dediquen a trabajar sacrificando
sus vidas aún más, pero claro, ¿cuánto tiempo podrán aguantar ese ritmo?, poco,
creo yo.
No me malinterpreten, yo no me opongo a que se liberalicen
los horarios, pero creo que no se debería imponer esta medida, y desde luego
debería estudiarse concienzudamente antes de aplicarla, ya que de hacerlo mal
las consecuencias serán desastrosas.
En estos últimos tres años estoy cansada de ver tiendas
cerradas por mi ciudad, algunas de ellas llevaban abiertas desde mucho tiempo
antes de que yo naciera, algo que me causa una gran tristeza. Esas tiendas y
las personas que las regentaban formaban parte de la historia de mi ciudad,
¡cuantas historias nos podrían contar!, ¡cuanta gente no habrá pasado por
ellas!. Así que yo no puedo evitar sentirme un poco melancólica cuando veo esos
locales con tanta historia cerrados a cal y canto, no me parece justo, no debería
ser así, ¿por qué nadie hace nada para ayudar a esta gente?.
Ellos son los que dan vida al barrio, y no sólo porque
forman parte de él, ellos conocen a sus clientes por su nombre, nos ofrecen así
la atención más personalizada que se puede recibir, y saben de memoria lo que
les vamos a pedir, así que más fácil imposible. Personalmente yo prefiero
comprar la fruta a mi tendera de siempre, Bea, que es ya casi una amiga, si yo
le pido manzanas no pierde el tiempo preguntándome de qué tipo las quiero,
enseguida va a por las rojas que llevo siempre. En la carnicería mi amiga Visi
sabe de memoria el tipo de carne que quiero y cómo la quiero, incluso su marido
Santiago de vez en cuando me regala alguna que otra cosilla, porque dice que
soy su consentida, y la verdad, es que cuando entro en su local me siento igual
que una princesa.
Pero lo más sorprendente me sucedió hace unos días, resulta que en el mes de junio
entré en una pequeña tienda cerca de la
C /Uría, mientras me probaba las prendas que más me gustaban
me sorprendió una gran granizada, algo fuera de lo común. Así que la dueña de
la tienda, Eva,” me dijo quédate aquí conmigo hasta que pase, si quieres puedes
leer una revista para no aburrirte”, madre mía, en un centro comercial no me
tratarían así de bien, pensé. Pero lo más gracioso fue que hace unos días volví
a esa tienda para comprar un regalo para mi madre, y al mencionarle que ya había
pasado por la tienda, me contestó : “Sí, el día de la granizada”, madre mía si
se acordaba de mí y todo, me da igual que los centros comerciales abran a todas
horas, yo pienso seguir comprando en mis tiendas de siempre, no les pienso
dejar tirados, además con lo bien que me tratan, para que quiero más.
| Qué sería de mi ciudad sin la iglesia de San Pedro, lo mismo ocurre con mis tiendas, si cierran la ciudad se muere con ellas |
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