Llevamos unos días de lo más
revueltos en este país, que si el Déficit, que si las autonomías, la banca, el
consumo, y demás historias. Que me parece muy bien que se hable de estas cosas,
pero no deberían dejar de lado lo verdaderamente grave de toda esta situación:
La cantidad de familias que no tienen un duro para poder dar de comer a los
suyos.
Muchas personas han pasado de
tenerlo todo a no tener nada, los bancos, que tienen gran parte de culpa en lo
que está pasando, enseguida ejecutan embargos dejando a gente en la calle sin
el menor miramiento. Si la gente no tiene donde vivir da igual, la ley es la
ley, lo primero es cobrar, el resto nos da igual, y así nos luce el pelo.
Detrás de cada desahucio existe
una historia llena de drama y dolor, quizá sea un emprendedor a quien su idea
no le reportó tantos beneficios como pensaba, o un autónomo que apostó todo lo
que tenía para abrir esa tienda en la que depositó todos sus sueños. También
hay padres que avalaron a los hijos, abuelos, y un sinfín de historias todas
ellas desgraciadas que ahora buscan una esperanza, un puesto de trabajo que
nunca llega para poder empezar a caminar de nuevo.
Nos hablan de recortes, de
recesión, de que las reformas son duras pero darán resultado, y sin embargo el
ciudadano de a pie no ve esos resultados, nos dicen que nos apretemos el
cinturón, cuando muchas personas llevan años ya con él apretado, eso si no se
lo han embargado ya. A los funcionarios les reducen el sueldo cada vez más, les
quitan la paga extra, como si fueran ellos los culpables de esta situación, se
les demoniza por tener un puesto fijo que les ha costado sangre, sudor y
lágrimas conseguir, tengo varios ejemplos cercanos. Señores no nos engañen,
muchos funcionarios en este país ganan poco más de mil euros al mes, y eso el
que llega, tienen que trabajar muchas horas para poder tener un sueldo decente,
y están hartos de ver jefecitos puestos a dedo que no hacen nada, y ganan el
triple que ellos como poco.
Cada vez que veo una tienda
cerrada, pienso en qué habrá sido de la amable dependienta que me atendía con
solicitud, tan amable, que se esforzaba por conseguir lo que necesitaba, se
sabía mi nombre y encima si un día no llevaba dinero encima me decía: “No te
preocupes ya me lo darás mañana o cuando puedas”. No puedo evitar preguntarme
qué será de ella, ¿habrá encontrado otro trabajo?, ¿tendrá donde vivir?, ¿y si
resulta que había apostado todo lo que tenía a este negocio?
Qué será de nosotros, pobre
mortales, nadie nos escucha, nadie cuenta con nosotros, y por si fuera poco en
mi barrio las tiendas de toda la vida han ido desapareciendo para ir dejando
paso a otras tiendas menos tradicionales, de las que mejor ni hablo.
Espero que la cosa empiece a mejorar pronto, de verdad que tengo muchas de ganas de volver a mi tienda de barrio y ver de nuevo la sonrisa amable de la dependiente de siempre, y poder contribuir a que esa tienda no tenga que echar el cierre nunca más, pero para eso necesitamos trabajar, ¿no es así?
Estos días no sé por qué pero me siento un poco triste, así que no sé muy bien que pieza musical poner esta vez, tal vez la preciosa y al vez triste Romanza de Salvador Bacarisse, una pieza verdaderamente bella pero con cierto toque trágico, espero que os guste.
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