Estos días han estado un poco
revueltos en lo que al tiempo se refiere, lloviendo sin parar con un mar
embravecido que ha causado bastantes destrozos, y yo que había acabado agotada
de mis exámenes de enero y febrero sentía que necesitaba escapar unos días a
algún lugar. Como buena asturiana no me dan miedo ni el viento ni la lluvia, así que decidí ir a Londres, ya que hacía mucho tiempo que no me paseaba por mi segunda casa.
El primer día fue un poco
caótico, no por un retraso en el avión, sino por lo mucho que ha cambiado el
aeropuerto de Stanted, no me lo podía creer. Y luego cuando llego a la City , que yo creía conocer de
memoria, me encuentro con edificios nuevos por doquier, así que me costó llegar
al lugar de trabajo de mi hermana, al que tantas veces fui a esperarla. Pero,
pasados esos momentos de confusión iniciales, mis vacaciones prometían, y yo no
podía estar más ansiosa por comenzarlas.
Visitar Londres es una
experiencia totalmente distinta para mí, allí no me siento como una turista
más, siento que estoy en casa, porque como ya he dicho en ese lugar descubrí
quien era y lo que quería hacer con mi vida. Así que me encantó recorrer de
nuevo Saint James y Green Park, dos lugares en los que siempre he caminado
olvidando que estaba en una gran ciudad, disfrutando de la paz y tranquilidad
que ofrecen.
Otro lugar en el que me gusta
perderme es la National Gallery ,
que tantas joyas de la pintura alberga. Uno de los cuadros que más me gustan es
la Venus del
Espejo, de Velásquez, uno de los cuadros más hermosos de este pintor, y que
como dice mi buen amigo Javier Almuzara, debería estar en nuestro país. También
paseé por la Torre
de Londres y el Palacio de Kensington, donde pude admirar las joyas de la
corona y hasta el vestido de novia de la reina Victoria, a la que muchos llaman
la “abuela de Europa”, ya que todas las casas reales descienden de esta gran
monarca. Yo no soy especialmente monárquica, pero si hay algo que me gusta de
la reina Victoria es la historia de amor que vivió con el príncipe Alberto. Su
matrimonio fue feliz durante algo más de veinte años, y a su muerte la reina
afirmó que para ella la felicidad ya no existía. Así mandó construir un
impresionante monumento dedicado a la memoria de su amado muy cerca del Royal
Albert Hall. Asimismo, la huella que el príncipe consorte dejó en las artes, a
las que dio un gran impulso es más que evidente. Pero si hay algo hermoso en el palacio de Kensington son sus
jardines, de los que pude disfrutar en un sábado casi primaveral, una
experiencia que os recomiendo a todos los que tengáis pensado visitar Londres.
| Los jardines del palacio de Kensington son muy bellos |
Y una de las cosas que más me
gustan ya sabéis que son los libros, así que imaginad que sorpresa me llevé
cuando vi esta maravillosa y original biblioteca en Fairlop, ¿qué os parece?
Me
paseé por Waterstones, y allí me compré un par de libros que seguro que me
serán de gran utilidad en el futuro, A Vindication of the Rights of the Woman,
de Mary Wollstonecraft, y Life and Death de Mary Wollstonecraft, de Claire
Tomalin, que pienso leer en profundidad, ya que he pensado realizar mi trabajo
fin de carrera sobre esta gran mujer inglesa. Algún día le dedicaré una entrada
en este blog.
Y mientras disfrutaba de mis
vacaciones, la UNED
me enviaba los resultados de mis exámenes por sms. Puedo decir que he aprobado
todo, me siento muy orgullosa por lo que estoy logrando, y espero que desde
alguna estrella en el firmamento mis abuelos se sientan también orgullosos de
mí. Parece que poco a poco ya estoy en el camino correcto, al menos el esfuerzo
va dando resultados, merece la pena, ¿verdad?
Y hoy pensaba en la pieza musical con la que finalizar esta entrada, y se me ha ocurrido que lo mejor era compartir con todos vosotros alguna obra de un compositor inglés, y me he decantado por William Byrd, un compositor de la época de Elizabeht I, que espero que os guste.
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