Ayer a la hora del desayuno
sintonicé la BBC ,
estupenda fuente de noticias, que además me sirve para reforzar mis
conocimientos de inglés y me trae muy buenos recuerdos de mi etapa londinense.
El programa además era muy interesante, un famoso reportero británico, herido
en un atentado en 2004 en Irak, decidió recorrer de nuevo no solo Irak donde
fue atacado, sino también Arabia Saudí, donde visitó el hospital en el que le
salvaron la vida, también Yemen y otros lugares donde estos días se viven las llamadas primaveras árabes.
En Arabia Saudí se entrevistó con
una joven cuya historia me llamó mucho la atención, primero como mujer y luego como ser humano en particular.
Esta joven como muchas otras en ese país, ha sufrido en propias carnes lo que
significa el fervor religioso mal entendido, y unas tradiciones que tratan de
manera brutal a la mujer, que la despojan de todos sus derechos y la reducen y
someten sin piedad. El fanatismo encarnado por su propio padre, un hombre cruel
que la encerraba en el cuarto de baño, sin luz, ni agua ni comida durante días,
la llevó a la cárcel, al alegar su padre que su hija no respetaba las
tradiciones ni el código de conducta moral que se espera de las mujeres en esos
países. El horror que debió sentir esta muchacha sin duda es indescriptible,
pasó meses en prisión, hasta que un joven abogado, que simpatiza con la causa
de las mujeres, se hizo cargo de su defensa y consiguió que esta muchacha
saliera libre de prisión. Entonces el periodista preguntó qué había sido de su
padre, ¿había pagado por lo que había hecho? La respuesta simple y llanamente
es “no”, no solo no ha pagado por lo que le hizo a su hija, sino que sigue
impunemente libre, y jamás llegará a pisar el suelo de una prisión, porque
según las leyes de su país no ha hecho más que mirar por la moral y defender el
honor de su familia.
Todos conocemos la terrible
situación que viven las mujeres en algunos países, donde el fervor religioso
mal entendido y unas tradiciones injustas y obsoletas las someten y las privan
de todos sus derechos, por desgracia Arabia Saudí, uno de los países más ricos
del mundo, es también uno de los lugares donde peor se trata a las mujeres.
Hace unos años las mujeres ni siquiera eran registradas al nacer, desconozco si
esto sigue siendo así, tienen prohibido conducir, y deben llevar un velo negro
que solo deja libres los ojos para que puedan ver. Además son sometidas a la
voluntad del padre, hermano o esposo, que es quien decide por ellas, ya que se
considera que no tienen capacidad de decisión, además en un juicio no se admite
su testimonio porque se considera que la mujer es mentirosa por naturaleza y
por tanto su testimonio no sería fiable. Los clérigos religiosos incitan a la
violencia contra las mujeres, y no hace muchos años clamaban contra las mujeres
que maquillan sus ojos de manera llamativa: aquellas mujeres cuyos ojos resultaran demasiado
“sexis” debían ser azotadas, horrible, ¿verdad?
En nuestros países se ha avanzado
mucho, y aunque queda mucho por hacer, sentimos que estamos por el buen camino,
muchas mujeres ostentan puestos de poder, así en Australia tenemos a una
primera ministra, y hoy muchos puestos de responsabilidad son ocupados por
mujeres. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí y sentimos que la lucha por la
igualdad no debe decaer, sin embargo, nuestras victorias tienen un sabor amargo
cuando miramos más allá de nuestras fronteras y observamos como muchas mujeres
siguen sin tener derechos. Es nuestro deber apoyar su lucha, para que llegue el
día en que todas las mujeres tengamos los mismos derechos, y conductas tan
deleznables sean repudiadas por todos y así formen parte del pasado.
Cuando observo estas conductas no
puedo evitar pensar en mi amiga Afzalah, británica de origen pakistaní, y su
simpático padre, un hombre que cuando emigró al Reino Unido decidió adoptar las
costumbres del país en el que vivía. Así instó a sus hijas a hablar su lengua,
adoptar sus costumbres, y lo más importante de todo: debían estudiar una buena
carrera, pues solo así lograrían una buena posición social. Hoy mi amiga es una
respetable abogada, al igual que varias de sus hermanas, entre las que también
hay médicas de profesión, todo eso se lo deben a sus padres que hicieron un
gran esfuerzo para que sus hijas hoy en día tengan lo que a ellos les faltó. La
diferencia entre mi amiga y la muchacha del reportaje es muy simple, mi amiga
tiene un padre comprensivo que quiere a su familia por encima de todo, mientras
que el padre de la otra muchacha no la quiere en absoluto, y no la ve como a un
ser humano, sino como una más de sus posesiones. Ambos son musulmanes, pero
mientras que uno ha sabido adaptarse a los
nuevos tiempos, el otro permanece anclado en el pasado, pero eso también
se puede cambiar, y debe cambiar, ¿no os parece? Merecen tener los mismos derechos que nosotras y tomar sus propias decisiones, ya que sus vidas les pertenecen a ellas y a nadie más.
Como no os puedo dejar sin vuestra pieza musical, hoy he decidido que esta debe ser de alguna mujer, así que he pensado compartir con vosotros una composición de Fanny Hensel, la chica cuyo retrato podéis ver en la parte derecha de mi blog, y cuya historia ya os conté en su día, espero que os guste.
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