Desde siempre me he preocupado por la situación de nuestro
planeta, maltratado y profundamente enfermo por todos los desmanes a los que lo
sometemos. Es por eso que siempre he procurado reciclar absolutamente todo lo
que es reciclable, hasta los tickets de la compra y los famosos numeritos de
los supermercados, sí los que te conceden el turno en la pescadería o la
charcutería. De ese modo, al menos en mi casa hemos conseguido reducir al
máximo posible nuestros residuos, algo de lo que todos estamos bastante
orgullosos en mi familia.
La nuestra podría ser la historia de muchas otras familias,
que como la mía se preocupan por el medio ambiente y hacen cuanto está en su
mano para paliar el deterioro de nuestro planeta. Es por eso que no entiendo la
urgencia tan repentina por retirar las bolsas de plástico de los supermercados,
¡como si éstas fueran la fuente de todos los males que amenazan a la tierra!.
Por si fuera poco todas las grandes superficies han llegado
al acuerdo de cobrar dichas bolsas, pasando así toda la culpa al pobre
consumidor, que bastante tiene con llegar a fin de mes con unos sueldos cada
vez más bajos. Algo que no me importaría si esta iniciativa fuese realmente
ecológica, lo que resulta poco creíble cuando en el mismo supermercado ves bolsas
de basura, botellas de refresco, y un sinfín de productos envasados con este
material que sólo parece ser demoníaco si tiene forma de bolsa. Por no hablar
de esas famosas bandejitas de carne, pescado, etc, que nos presentan en
cualquier pasillo que resultan quizá más perjudiciales para el medio ambiente
que una bolsita de esas por las que ahora nos cobrarán en todas partes.
¡Ojo!, que luego están los pequeños establecimientos que no
se plantean siquiera cobrar las bolsas, ¡cómo lo van hacer!, para ellos ya es un problema competir
con las grandes superficies sin salir escaldado. No pueden ofrecer los mismos
precios ni remotamente, tampoco pueden permanecer abiertos doce horas al día,
por no hablar de lo que les cuestan los seguros que deben pagar religiosamente
si quieren permanecer abiertos.
Es por eso que yo cada vez me siento más cómoda comprando en
las tiendas de mi barrio, mi carnicero me piropea cada vez que me ve,
haciéndome sentir la más guapa del universo, y de vez en cuando me obsequia con
algún que otro detallito digno de agradecer. Y luego está mi buena amiga Bea,
la chica de la tienda de ultramarinos de toda la vida, de esas de las que ya
quedan pocas, donde por poco dinero lleno mi bolsa de la compra a la vez que
disfruto de una más que agradable conversación.
Es cierto que el planeta azul está muy enfermo, pero me temo
que esto no va a cambiar sólo retirando las bolsas, ya que también habría que reducir las emisiones de CO2, algo
que quizá no interese tanto.
Hace unos día me vino algo a la memoria de mis tiempos de
aventura londinense, allí los supermercados llevan años ofreciendo “a bag for
life”, o lo que es lo mismo “una bolsa de por vida”, te venden la bolsa
comprometiéndose a reemplazarla por una idéntica cuando ésta se rompa totalmente
gratis, sí GRATIS. Eso es pensar en el medio ambiente sin machacar el bolsillo
del pobre consumidor, lo demás es negocio, que no os engañen.

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