lunes, 24 de septiembre de 2012

Un fin de semana tranquilo por Candás


Este fin de semana lo he pasado en Candás, un pueblo precioso de fuerte tradición marinera, al que estoy muy vinculada, ya que mi madre nació allí, y de pequeña pasé algunos de los mejores momentos de mi infancia corriendo por sus calles. Ha sido un fin de semana tranquilo, sin Internet, sin televisión por cable, aferrada a mis libros que siempre me acompañan en los momentos de tranquilidad y calma, pero sobre todo haciendo compañía a la abuela.

Esta mañana aprovechando que el sol brillaba con ganas salí a dar un paseo por el pueblo, aún había gente en las terrazas, y las tiendas estaban abiertas, así que me entretuve mirando los escaparates, mientras bajaba por la calle principal.
Por un momento me dejé invadir por los recuerdos de otro tiempo, cuando era una niña de 8 años y me gustaba pasar allí los fines de semana, me acordé de mi abuelo, de mis bisabuelas Consuelo y Agustina, en fin, de tanta gente de la que formo parte.
Entonces me acerqué al paseo marítimo y empecé a caminar de vez en cuando para recrearme con las vistas, sacando alguna foto de vez en cuando, y dejando que los recuerdos volvieran a mí, casi como si cobraran vida.
Me acordé de los paseos que solía dar mi abuelo con su inseparable amigo Voldreu, con el que solía recorrer el paseo entero todos los días, por la mañana solía ir a bañarse, así que las tardes las dedicaba a pasear por el Candás de sus amores. Así que me quedé mirando al mar y casi podía verle allí, en una barquita de remos, guapo como él sólo. También me acordé de mi bisabuela Consuelo que solía pasear por el muro con su hermana Tata, de la que tan buenos recuerdos guardo, y de mi otra bisabuela Agustina, que tantos años pasó trabajando en la fábrica de pescados.

En fin, la historia de mi familia está muy ligada al mar Cantábrico, ese mar bravo de aguas frías que ha sido el sostén de tantas familias durante muchos años. Un sostén que se vio amenazado hace muy poco por el vertido, hoy todavía se podía ver a dos operarios limpiando la arena, si bien parece que poco a poco se va normalizando la situación.

Me sentí tan bien dando ese paseo que no me acordé de Internet, ni de nada más, me olvidé de actualizar mi perfil en Facebook, del de Twitter, y ni que decir tiene que tampoco me acordé de mi búsqueda activa de empleo, a la que pienso volver mañana con las pilas cargadas.
Me he sentido muy bien esta mañana, he vuelto a ser esa niña charlatana e inquieta de antaño, he vuelto a sentir las mismas ilusiones que un día tuve, y estoy segura que poco a poco todo irá volviendo a la normalidad, no hay mal que cien años dure, dice el refrán.

Mis seres queridos aunque ya no están me siguen inspirando, así que pasear por los mismos lugares que un día lo hicieron ellos me llena de fuerza para seguir adelante, no me pienso rendir porque se lo debo a ellos, que jamás lo hicieron. No pienso parar hasta encontrar mi sitio, y el día que llegue se lo pienso dedicar a ellos, quien sabe, quizá hasta me vean desde algún sitio y se alegren por mí.


Con estas vistas tan maravillosas cualquiera mejoraría su estado de ánimo

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